Porque ni el cerco policial, ni la debilidad operativa de ETA, ni la presión del colectivo de presos, por sí solos, van a acabar con el fenómeno de la violencia en el País Vasco, en términos de derrota total, de vencedores y vencidos. Un fenómeno tan enraizado, con una inercia de cincuenta años en las espaldas, en el que cualquier desalmado con una pistola en la mano puede cometer un auténtico destrozo, mucho dolor e incluso un daño irreparable, no se soluciona de esta forma. Incluso las guerras se acaban siempre con un armisticio. ¿Con quién vas a negociar sino con tu propio enemigo?
Somos comprensivos en cualquier caso ante el escepticismo que generan los antecedentes fallidos, la última tregua fracasada, pero también observamos un cierto tacticismo, un cálculo partidista, en estos momentos totalmente inoportuno.
Somos conscientes de que la derecha española levanta la bandera de la lucha antiterrorista, que casi parece en muchas ocasiones que es su razón de ser, que es un importante nicho de votos; siempre ve un señuelo, siempre ve una tregua trampa, pero al mismo tiempo la izquierda teme que cualquier concesión dé alas al Partido Popular, que es quien lo atenaza.
No es nada fácil pero el momento exige valentía, exige arriesgar y exige incluso generosidad. Creemos en la sinceridad y en la honestidad, como mínimo, de la izquierda abertzale, que ha dado pasos en una dirección positiva para la normalización política y para la pacificación
La historia demuestra que un proceso de esta naturaleza reclama mayor altura de miras, aparcar la visceralidad, dejar esa lógica y pesada mochila de dolor y de resentimiento, porque son los principales ingredientes que van a poder desbloquear un proceso complejo y enquistado.
Y en cambio esta reforma de la Ley Electoral va en contra del signo de los nuevos tiempos, es una vuelta de tuerca más a una ley de partidos y a un pacto antiterrorista que nada va a favorecer el objetivo que todos deseamos, que es la paz en el País Vasco.