| Más imaginación, por favor |
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Si Dios no lo remedia, y no lo hará, esta campaña electoral será casi calcada a las anteriores, con la excepción del final de la de 2004 por las dolorosas circunstancias que concurrieron en ella. Cualquier experto o cualquier ciudadano atento puede anticipar lo que se va a decir y casi cómo se va a decir. Y es que los formatos electorales en España son cada vez más rígidos, más planificados, preparados, estudiados, medidos y estructurados, ahogando en buena medida el debate normal y natural que se espera en estas ocasiones. Únicamente los rompen algunas sorpresas esporádicas más para llamar la atención que para otra cosa. El esquema táctico de las campañas consiste en primer y principal lugar en evitar un error propio y esperar y explotar uno del adversario, después movilizar los votantes seguros y a continuación convencer a los dudosos, situados normalmente en este nebuloso centro del que todos hablan pero nadie define. El miedo guarda la viña y también a los candidatos. Hay pánico en decir una palabra de más, hacer un gesto inconveniente, ocultar o dar un dato preciso, o lo que sea. Se trabaja con el temor metido en el cuerpo y esto traba mucho. Las comparecencias están preparadas hasta el menor detalle (el color de la corbata) y los guiones están cerrados con muy escasas posibilidades de los candidatos para salirse de ellos, tal como se observa en los preparativos de los debates televisivos de los dos aspirantes a presidente del gobierno. Por su parte, los medios de comunicación aceptan este esquema de trabajo, porque es cómodo, previsible y sobre todo barato. Se puede hacer una información electoral solo con declaraciones y recurriendo muy poco o nada a la documentación, al análisis y a la discusión, por supuesto mucho más engorroso de manejar. Basta con dejarse llevar por los distintos equipos electorales que arropan a los candidatos, a veces como si éstos fueran unos inútiles. Los precedentes observados hasta ahora no son muy alentadores: más de lo mismo, aunque se disfrace con recursos tecnológicos como colgar videos en You Tube. Esto no tiene que ser así, o por lo menos tan así, por fuerza, inexorablemente. Nuestros políticos y sus asesores deberían estudiar formas nuevas, más relajadas para explicar sus proyectos y formular sus compromisos. En una palabra, hay que echar más imaginación, no más medios ni más dinero, ni más gritos. Candidatos y consejeros tendrían que arbitrar mecanismos nuevos para que los mensajes electorales sean más sosegados, más explicativos, más directos y didácticos, y más cercanos a las necesidades y a la mentalidad de los ciudadanos, no sólo a la de los profesionales. Claro que posiblemente esto conllevaría hacer otro tipo de política a lo largo de cada legislatura, también menos encorsetada por ejemplo con la disciplina de partido. Sin dejar de ser prudentes, habría que huir un poco del miedo escénico que agarrota a los candidatos y a sus equipos y buscar más la confrontación argumentada y discursiva por encima de la efectista. En Francia y EEUU se observan ya algunos modelos a seguir, modelos que aportan ideas frescas sobre la manera de renovar las estrategias políticas y concretamente las electorales, pero por ahora en España no hay previsiones de cambios. Si los hubiera, estoy seguro de que todo el mundo los vería bien. Josep M. Sanmartí Universidad Carlos III de Madrid
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