No sería muy lógico hacer una referencia al año 2010 sin recordar que será año electoral en Cataluña. Ya sabéis cuál es mi militancia y mis preferencias políticas. No hace falta que hable. Quiero hablar del país y no del partido.
Viajando por el mundo es cuando se puede tomar más conciencia de nuestra proyección internacional, de nuestro conocimiento, de la valoración que se hace de nuestra manera de hacer en el último siglo y medio. Y claro está si Cataluña se ha proyectado por el mundo no lo ha hecho pensando y actuando como una región de España sino que lo ha hecho con una personalidad propia, marcada y alimentada por nuevas y sucesivas generaciones de catalanes y catalanas que hemos hecho nuestra aportación a uno primordial que va transitando.
El Gobierno ha dado impulso a la suscripción de convenios internacionales con determinados países y en determinadas condiciones para reconocer el derecho de sufragio en elecciones municipales a los extranjeros residentes de forma permanente en España, cuestión a la que el PP siempre se ha mostrado favorable. Ahora bien, una cosa es que estemos de acuerdo con esta iniciativa que ha impulsado el Gobierno y otra que el debate y la información sobre el contenido y las condiciones establecidas en estos convenios sean ajenos a este Parlamento.
El que no se consuela es porque no quiere. Ningún partido político se encuentra plenamente satisfecho con los resultados electorales de las elecciones europeas pero todos intentan -intentamos- leer las cifras arrojadas por las urnas de la forma más propicia para sus -nuestros- intereses estratégicos.
En la vida parlamentaria sucede que, de cuando en cuando, suelen plantearse iniciativas que, cual Guadiana, aparecen cada cierto tiempo. Son iniciativas que solo se entienden si se tienen en cuenta situaciones políticas concretas, que en muchos casos no tienen que ver con la preocupación inmediata y directa de los ciudadanos, sino que tienen que ver mucho más con los intereses políticos de los partidos que proponen esas iniciativas. Son iniciativas que en muchos casos sirven como percha electoral y que por tanto aparecen cada cierto tiempo.
Estabilidad y representatividad son los dos objetivos principales de cualquier sistema electoral. Sin embargo, no es fácil encontrar el punto de equilibrio que garantiza al poder Ejecutivo llevar a cabo su cometido, y al mismo tiempo que la pluralidad social se vea reflejada en el Parlamento.